Biocombustibles: esperanza o desolación
Mientras Guatemala prepara sus máquinas para destilar 800 mil litros diarios de etanol, y se multiplican las pequeñas empresas que ven en la producción de biodiésel un suculento mercado, el debate internacional acerca de las ventajas y los riesgos de los agrocombustibles está candente.
Desde que EE.UU. incentivó la producción de etanol a partir del maíz, el cereal duplicó su precio. Fidel Castro denunció las terribles consecuencias que ese incremento podía tener en millones de personas. The Economist y The New York Times le dieron la razón.
En el mundo, las plantaciones para biocombustibles ya compiten con las de alimento, y mientras en algunos lugares se logra combinar o alternar distintas especies, vastas extensiones de monocultivos comienzan a llenar el sudeste asiático.
En ocasiones, la producción de biocombustibles “es verdaderamente sostenible, en otras muy destructiva”, advierte el informe Sustainable Bioenergy: a framework for decision makers (Bioenergía sostenible: un marco para los administradores), publicado por Naciones Unidas en mayo.
Pero, ¿y Guatemala? La fortaleza del etanol
Guatemala es el país de Centroamérica con las mejores estructuras para producir etanol, un biocombustible que se puede mezclar con la gasolina común y que aquí se genera en los ingenios como subproducto de la caña de azúcar.
Con las 197 mil hectáreas de caña que se cultivan hoy, habría materia prima suficiente para reducir un 10 por ciento el consumo de gasolina y también su importación, que en 2006 ascendió a US$618 millones, según datos de la Secretaría de Integración de Centro América (Sieca).
En este caso, explica Otto Ruiz, jefe del Departamento de Energías Renovables del MEM, no hay competencia entre el alimento y el combustible. Para producir etanol no es necesario sacrificar el azúcar. Y dados los altos precios internacionales de este producto, no cree que lo vaya a haber.
La posibilidad de competencia con el alimento está, puntualiza Carlos Echeverría, encargado de la Unidad de Biocombustibles en la institución, pero no supone un alto riesgo como en EE.UU. y México. No obstante, Guatemala no dejará de tener el inconveniente del alza de precios porque es un inconveniente importado.
Sin embargo, agrega, si se llegan a producir 800 mil litros diarios de etanol como está previsto, el país se encontrará con un problema real: la vinaza. Por cada litro que se destila de etanol con las técnicas tradicionales se obtienen 12 de este residuo. En pequeñas cantidades, explica el ingeniero, puede servir como fertilizante. Pero ¿qué hacer con casi diez millones de litros diarios?
Reutilizar el aceite
En Guatemala existen cinco empresas y una comunidad, Nueva Alianza, Quetzaltenango, que investigan y ensayan con este agrocombustible. El desarrollo del biodiesel es tan escaso que entre todas ellas no podrían producir siquiera 4 mil galones diarios, según datos del Mem. Pero su capacidad tecnológica no es, con mucho, su principal limitación.
El problema es que la palma africana, la planta más rentable por la abundancia de su aceite, precisa de tierras ricas y además su producto se puede vender a buen precio sin necesidad de transformarlo.
Por eso, varias de las compañías siguen una estrategia que (a decir de Raúl Castañeda, coordinador de la Oficina Nacional de Desarrollo Limpio del Ministerio de Ambiente, y de Hugo Enríquez, asesor técnico de Fundaeco) es la más ecológica de todas: reciclan aceites usados en los restaurantes, en las carretas.
Erick Estrada, catedrático de química de la Universidad de San Carlos e investigador del biodiésel, cree saber que con esta labor no solo crean un combustible más limpios sino resuelven el problema del aceite usado, que antes se solía tirar, explica.
Sin embargo, esta fuente de energía no ofrece grandes resultados: la materia prima es escasa y se está encareciendo. Ahora más empresas lo adquieren y en el mercado El Guarda, por extraño que parezca, la gente lo compra para cocinar en su casa. Y con una materia prima tan esporádica, la producción no puede ser sino inconstante.
Los biocombustibles en general no vendrán a suplir las necesidades energéticas del país pero pueden amortiguarlas, sostiene Estrada: para lo otro haría falta multiplicar las extensiones de monocultivos.
Piensan que esto es una maravilla
En realidad, no parece descabellado pensar en ese asunto: los monocultivos. La Jatropha curcas, que llamamos “piñón”, es junto al higuerillo una de las dos plantas que no tiene nada comestible pero produce aceite que puede servir como carburante. Con la ventaja de que la primera se adapta a tierras marginales, casi yermas.
Ricardo Asturias, de Biocombustibles de Guatemala, conoce bien esta planta puesto que su empresa plantó 100 hectáreas de ella entre Izabal, Petén, Jutiapa, Escuintla, Retalhuleu y Quetzaltenango, y estudia sus genes para mejorar su eficiencia.
El Ministerio de Agricultura, Ganadería y Alimentación (Maga) identificó en torno a 600 mil hectáreas aptas para el cultivo del piñón entre los 5 millones de tierra arable que tiene la nación.
Asturias, que opina que sin plantaciones el suministro de aceite vegetal va a ser esporádico, aspira a tener una capacidad de 3 mil galones diarios a finales de 2007, aunque sus plantas todavía no hayan alcanzado su madurez productiva.
La Jatropha curcas produce desde que tiene diez meses y a los cinco años ya es rentable, expone. Ayuda a repoblar, también. “No es un cultivo anual, ¿sabe? Dura mucho tiempo y con 1,200 milímetros de lluvia al año se obtienen 1,750 litros de aceite por hectárea. Pero si regamos cada planta con seis litros diarios podemos sacar el doble”, advierte.
Asturias todavía ignora la rentabilidad del proyecto y considera que es temprano para calcular el balance energético. Pero se muestra convencido de la capacidad de este tipo de energía para reducir las emisiones de CO2 a la atmósfera. Y en parte por eso lo emplea en toda su maquinaria.
Cree que con recursos financieros adecuados se podría sustituir 420 millones de galones de diésel anuales, lo que reduciría la dependencia guatemalteca del petróleo.
“Todo el mundo le habla a usted de que esto es una maravilla”, adivina Asturia. “Pero convertirlo en maravilla no es fácil”.
En eso está de acuerdo Hugo Enríquez, de Fundaeco.
¿Peligra la biodiversidad?
A diferencia de lo que dice un informe del MEM, Enríquez admite que desde el punto de vista agrícola existan 600 mil hectáreas aptas para la plantación de piñón, entre tierras baldías y ociosas, pero se pregunta qué es eso desde el punto de vista de la biodiversidad.
Tomando como referencia el área del país, la nuestra es la tercera nación del mundo por el número de especies, según el informe “Guatemala, un país megadiverso”.
“Si llenamos esa superficie de un solo cultivo”, razona Enríquez, “estamos barriendo miles de especies de plantas y animales autóctonas. Esa biodiversidad es el verdadero tesoro de Guatemala”.
Enríquez no habla de belleza. Habla de dinero. “Oímos frecuentemente que las guerras del futuro serán por el agua. Apunte esto: el pool genético también se va a cotizar alto. Nuestra biodiversidad es importante para el mundo. No tardaremos en descubrir el valor de mercado de muchas de nuestras especies, que ahora consideramos inútiles”.
Por su parte, Raúl Castañeda, del Ministerio de Ambiente y Recursos Naturales (MARN), es escéptico con respecto a la vertiente social de los biocombustibles. Desde el punto de vista ambiental, no tiene nada que objetar a la producción de etanol, que sería con diferencia la fuente principal de biocombustibles en el país. Como ya se dispone de la materia prima no habría que incrementar los cultivos. Aunque sí le intranquiliza en el caso del biodiésel a partir del piñón.
Pero lo que más le preocupa es que Guatemala en lugar de emplear su producción para importar menos petróleo y alimentar a comunidades con necesidades energéticas, lo exporte a los países ricos que pretenden reducir sus emisiones contaminantes.
Y sería ingenuo pensar que no va a ocurrir, lamenta. “Difícilmente vamos a poder pagar nosotros tanto como ellos por un litro de biocombustible. Eso haría que los productores vieran la posibilidad de mayores beneficios y no se limitaran a las tierras aptas para el piñón. Sino a las óptimas”.
“Yo jamás me voy a ir a meter al norte a deforestar para plantar jatropha”, opone Ricardo Asturias.
En países como Perú, la producción local a pequeña escala está ayudando a las economías de las comunidades, asegura un documento de Panos, compañía británica dedicada difundir temas ambientales.
Sin embargo, “en muchas naciones la estructura actual del mercado agrícola implica que el grueso de los beneficios vaya a parar a una pequeña parte de la población”, matiza el documento “Sustainable Bioenergy: a framework for decision makers”.
“El problema”, acota Castañeda, “es que aún no sabemos nada sobre las consecuencias y deberíamos ser cautos. No incentivar la producción mundial”.
La idea no es ser pesimistas, sino precavidos y responsables, dice Enríquez. ¿Es conveniente la producción para Guatemala? “Esa es la pregunta y todavía nadie se ha sentado a responderla seriamente”.