“Lo único oscuro que hay en nuestra huelga es el color de esta piel”. Luis Aguilar se pellizca la mano y levanta un pedacito de su piel negra mientras sonríe.
Para él y para los cerca de 200 corteros de caña apostados en la entrada del ingenio Castilla, esa es la única explicación que tienen tras las denuncias del Gobierno sobre “infiltración y manos oscuras” en el paro.
Frente a sus casas, en un barrio del municipio de Florida, en el centro del Valle y cerca de los ingenios, los corteros de caña insisten en que la suya es una lucha justa para demostrar que el trabajo no les da para vivir.
De su trabajo vivieron bien hasta que el sistema cambió, dicen. Una vez creadas las cooperativas a las que debieron entrar para poder seguir trabajando, todo empeoró. Los ingenios ya no los emplean directamente.
“Somos nuestros patronos y empleados al mismo tiempo”, dicen varios.
“Somos la materia prima de este trabajo”, explica Hermógenes Bueno, uno de los tantos corteros que llegó de Guapi, en el Cauca, para probar suerte en los cañaduzales. Efectivamente, los corteros de caña son la materia prima de su propio trabajo. De la fuerza que le impriman al machete que corta de raíz cada vara de caña depende su ganancia: el pago está directamente relacionado con el pesaje. Sin embargo, nunca están presentes en la báscula, dicen.
De sol a sol La labor de estos hombres comienza a las 5 de la mañana. Antes, a eso de las tres, sus mujeres deben levantarse para hacerles el ‘gato’ (comida del día). Desde hace muchos meses ninguna de ellas les ha podido empacar carne, pollo o pescado. Con los cuarenta, cincuenta o cien mil pesos que sus maridos logran semanalmente, “si acaso se puede comer vísceras con arroz”, afirma Luis. Cuando no hay para más, comen arroz con huevo.
Con la luz del alba salen de sus casas a coger el bus que los lleva hasta el ingenio, un transporte por el que les descuentan entre 19 y 24 mil pesos semanales. Ya en el cultivo, la mecánica del negocio funciona de acuerdo con unas fichas para asignar los tajos (zona) donde deben trozar la caña con el machete que ellos deben comprar y que les cuesta entre 5 y 7 mil pesos, según la marca y la calidad. Un buen cortero, aquel que se hace mínimo dos toneladas diarias, puede gastar hasta 7 machetes mensuales.
No solo de la fuerza depende el corte. El tajo puede ser bueno o no. Los ‘jamangos’, zonas con caña muy enredadas, son los más difíciles de cortar, porque hay que separar las varas una a una para no picarlas mal. En un tajo malo se pueden demorar hasta 16 horas. “Si es necesario, dice Hermógenes, las máquinas se paran enfrente de los tajos para alumbrarnos con sus farolas”. Se refiere al trabajo que hacen aún después de las 6 de la tarde, incluso con linternas, para aumentar el volumen y el peso, por ende, el pago.
El machetazo es constante. Zumban los mosquitos, se sienten la pelusa, las hormigas y se percibe un olor a hoja podrida y quemada que no los deja respirar ni comer. En los primeros días de trabajo hasta vomitan por el esfuerzo. Otros, como Luis, por el afán del corte, se ensañan con el machete y se cortan. Su herida le trozó uno de los tendones del pie. La cirugía, dice él, no quedó bien y no puede mover los dedos.
El tajo parece enorme en los primeros días de trabajo. Gustavo Bueno, hijo de Hermógenes, tomó el trabajo por falta de oportunidades; a sus 18 años es la única opción en la zona. Como él, otros muchachos más se van uniendo a la legión de jóvenes corteros que tienen que comenzar poco a poco para no desvanecer bajo el sol del Valle, a las 12 del día. “A veces tenemos que sacar compañeros cargados, porque se encalambran de tanto darle al machete”, cuentan.
"Cuando uno busca el tajo no busca comida", dice Hernando para contar que no interrumpen el corte para comer. Se van pasando las horas entre los olores, el rastrojo, el corte, las hormigas, las candelillas (diminutos animales que se incrustan en la piel y producen rasquiña) el sudor, los calambres y el desgaste físico.
Hugo trabaja desde 1973 en los ingenios de la zona, primero como empleado directo en Providencia, luego en San Carlos y ahora a destajo, en Castilla.
Cree que desde que salió de Nariño, su tierra, nunca la había pasado tan mal.
Antes el trabajo le alcanzaba para vivir con dos salarios mínimos, prestaciones, vacaciones, incentivos que recibía. Con todo eso logró comprar un lote en San Antonio de los Caballeros, un pueblito cercano al ingenio.
Pero ya no tiene cómo construir la casa. Ahora, aunque trabaja todos los días, de domingo a domingo, por dos semanas seguidas, no le alcanza sino para la comida.
“Hemos llegado hasta el punto de que la empresa nos presta para comer”, dice Luis. A veces tienen pagos que no pasan de 22 mil pesos semanales; incluso, dicen, quedan debiendo por la cantidad de descuentos. Le deben a la cooperativa a pesar de estar trabajando.
Descanso forzado Desde hace tres semanas, cuando los corteros entraron en paro, dejaron su rutina y sus machetes. Ahora están dedicados a montar guardia en la entrada de los ingenios cerca de Florida. Allí armaron sus cambuches y dicen que no los levantan hasta que sus condiciones cambien.
Su arduo trabajo, dicen, no compensa su pago. Por eso están dispuestos a seguir viviendo de la comida que la gente de buena voluntad les viene dando, para que sus familias no pasen hambre estos días que no tienen remuneración.
El descontento se siente en ellos, en sus familias y en gente de Florida que los apoya. Incluso en los buses que transitan la zona, los pasajeros hablan del tema. “Es un trabajo mal remunerado”, dice un hombre en una de las rutas entre Florida y Cali. “El pago semanal es hasta de 40 mil pesos”. Los recibos que muestran algunos confirman que hasta por 12 toneladas semanales pueden recibir 21.000 pesos, después de todos los descuentos. “Quienes se quedan con las ganancias de la venta a los ingenios son los intermediarios, dice el pasajero del bus, que dice su nombre pero conoce el negocio”.
Los corteros quieren la contratación directa otra vez, y quieren ver cómo se pesa su trabajo, estar presentes en la báscula.
Mientras uno de sus representantes lee el último comunicado a través de un megáfono, todos se amontonan y escuchan en silencio. Solo un grito de “viva el paro de corteros” interrumpe al vocero. Son los corteros en paro que están frente a la entrada del ingenio Castilla. Allí, entre juegos de dominó, un televisor en blanco y negro en medio del único cambuche que no está sobre la tierra, los fogones de leña, los vendedores de minutos a celular y los ‘cholados’, cerca de 200 corteros hacen turnos de 12 horas para seguir en su protesta.
Quieren su trabajo y muchos no saben hacer otra cosa. Tampoco hay mayor fuente de empleo, dicen. Pero no quieren, como se rumora en la zona, que los ingenios muelan caña y también corteros