Paraná (Argentina), 16 mar (EFE).- Cerca de 100.000 personas abandonan sus hogares en Argentina cada enero para trabajar durante once meses en la recolección de cosechas agrícolas por toda la geografía de país, unas migraciones que resultan invisibles tanto para el resto de la población como para los registros oficiales.
Estos "inmigrantes invisibles" son mayoritariamente argentinos y proceden de las provincias del norte, a las que vuelven únicamente en el mes de diciembre, según explicó a Efe el geógrafo Carlos Reboratti, que lleva años estudiando este fenómeno.
Reboratti considera que estos movimientos permanecen "ocultos" para la mayor parte de la población argentina y también para los censos oficiales, ya que estos "emigrantes" no se mueven por los principales circuitos migratorios.
"Los recolectores no aparecen en los núcleos urbanos, se desplazan directamente entre los campos", sostuvo este especialista, que también es profesor en la Universidad de Buenos Aires.
Estos empleados transitorios son mayoritariamente hombres argentinos de bajos recursos económicos y de distintas edades. En algunos casos viajan padres e hijos juntos mientras que en otros se juntan distintos jóvenes amigos, apuntó Reboratti.
Suelen trabajar en unas cuatro cosechas agrícolas al año, en las que permanecen entre dos y tres meses respectivamente.
Uno de los recorridos más habituales de los recolectores, añadió el geógrafo, es empezar el año en la cosecha de la caña de azúcar en el noroeste argentino para desplazarse hacia el noreste, donde recogen tabaco.
Posteriormente, se dirigen a los cultivos de tomates y cebollas en la sureña región de la Patagonia y finalizan en la campaña de recogida de la uva en la provincia de Mendoza.
Reboratti considera que esta "migración continua" supone un fenómeno totalmente nuevo en la demografía argentina e insiste en diferenciarlo de las "migraciones pendulares" de personas que se desplazan varios meses a trabajar en el campo.
Actualmente, según este experto, se producen movimientos migratorios dentro de Argentina para trabajar en las nuevas producciones de maíz híbrido y de fruta fina.
Por ejemplo, señala que la cosecha del arándano en el centro del país atrae durante varios meses a cerca de 15.000 personas procedentes de las regiones del norte.
Al mismo tiempo siguen produciéndose migraciones de extranjeros que trabajan temporalmente en los campos agrícolas argentinos, aunque con menor frecuencia que en el pasado como consecuencia de la mecanización de las técnicas de recolección, comentó Reboratti.
En las últimas dos décadas se ha reducido la demanda de mano de obra para la recogida del algodón en las provincias del noreste, que solían hacer trabajadores paraguayos, y de la caña de azúcar por parte de bolivianos en el noroeste, una migración que se inició en el siglo XIX, añadió.
No obstante, numerosas comunidades bolivianas trabajan en los campos hortícolas ubicados en las afueras de las ciudades argentinas.
"A través de cadenas migratorias familiares y una importante cultura del ahorro, los trabajadores bolivianos han empezado a comprar tierras y a gestionar toda la producción y distribución de verduras, sin depender de los mercados centrales", apuntó Reboratti.
El geógrafo Carlos Reboratti es uno de los integrantes de la expedición fluvial Parana Ra’anga, un ambicioso proyecto científico-cultural que comenzó su periplo el pasado 12 de marzo en la ciudad argentina de Rosario y que concluirá en Asunción a finales de mes.
Poco más de 70 expedicionarios de Argentina, Paraguay y España, entre los que figuran historiadores, artistas plásticos, cineastas, sociólogos, músicos, antropólogos, biólogos, astrónomos, caricaturistas y escritores, participan en esta aventura que pretende reivindicar el río como nexo cultural.