Trabajadores de la caña de azúcar del departamento nicaragüense de Chinandega, al oeste del país, aseguran que en los últimos cinco años más de 1.300 personas murieron por los efectos de los agrotóxicos que se utilizan en los cañaverales.
Según aseguran organizaciones sociales de Chinandega, la mayoría de los trabajadores de los ingenios azucareros sufren de Insuficiencia Renal Crónica (IRC), que afecta también a jóvenes y niños de la zona.
Las organizaciones afirman que las empresas Nicaragua Sugar State y Compañía Licorera de Nicaragua, vinculadas a la producción de azúcar y ron, despidieron y “dejaron desamparados” a cientos de trabajadores, luego que se les detectara la enfermedad.
Según aseguran, las ganancias de estas compañías dieron origen a una “tradición de familias muy poderosas de la región”, mientras cientos de trabajadores afectados por agrotóxicos se morían “en la pobreza y sin cobrar ninguna pensión”.
Rufino Benito Somarriba, ex trabajador de uno de estos ingenios azucareros, señaló que las bombas de riego con los herbicidas se utilizaban en pésimas condiciones, y que muchas veces, “el veneno se derramaba y mojaba todo el cuerpo”.
Somarriba manifestó que los empresarios “se aprovecharon” del “atraso cultural” de los trabajadores, y que “nunca dijeron nada” de los riesgos a los que los exponían.
“Nunca nos dieron equipo para protegernos, sólo una mascarilla que no servía para nada”, se lamentó Somarriba, que se enteró en 2002 que sufría de IRC.
Carmen Ríos, de la Asociación de Afectados por IRC, exigió a las autoridades sanitarias de Nicaragua que realicen en “forma inmediata y periódica” análisis científicos de la calidad del agua que se consume en los cañaverales.
Según dijo, la asociación realiza una campaña para que se prohiba el uso de 29 pesticidas “altamente tóxicos” que se utilizan para el control de plagas en la industria azucarera.
La activista señaló que en este departamento nicaragüense se vive una “situación dramática”, y puso como ejemplo un lugar que en la zona llaman “La isla de las mujeres solas”, ubicado en las inmediaciones de uno de los ingenios azucareros. “Ahí no hay hombres, todos eran trabajadores que murieron de IRC”, explicó.
Ríos concluyó: “el caso de las viudas es tan dramático como el de los afectados, por el desamparo en el que viven”.